EL CASTILLO DEL TERROR
Al
fin llegó el día, el viaje que por todo un año habíamos estado planeando mis amigos
de clase (Julio, Omar, Sofía, Héctor, Karla, Aldo) y yo, comenzaría mañana a
primera hora; en realidad mi emoción no era tanto por conocer Francia, sino por
pasar toda una semana con Aldo, fantaseaba con lo que podría pasar y no es que
aún no pasara.
El
viaje empezó bien pero cuando llegamos al castillo de estilo barroco (nuestra
primera parada) un escalofrío me recorrió el cuerpo al leer una inscripción en
la puerta “todo aquel que entre, no
saldrá con el espíritu completo”. Mis amigos y yo nos aventuramos a
observar las reliquias que se encontraban dentro de él, el castillo era grande
y al apenas caminar unos metros me sentí como en un laberinto pues no recordaba
el camino de regreso. De pronto todos nos separamos pero Aldo y yo permanecimos
juntos; todo empezó como el típico cuento de terror, empezamos a escuchar murmullos,
pisadas en los pasillos y sin saber cómo, Aldo y yo estábamos tomados de la
mano, sin pensarlo empezamos a abrir puertas buscando la salida por causa del
terror que nos asechaba.
Al
abrir tantas puertas por fin una fue la que daba a la salida; al salir Aldo y
yo nos abrazamos, pero algo, una parte de mí, no sé qué fue, algo cambió… No
volví a regresar a ese castillo, después de eso Aldo y yo nos hicimos novios,
sin embargo antes del viaje él y yo nos queríamos; y lo que no sé es si lo que
paso en aquel castillo nos unió o nos separó al unirnos, pues siento que antes
del suceso él y yo estábamos más unidos.
AUTORES:
ALDO ANGEL REYNOSO
REYNOSO
ANNA KAREN BAUTISTA GONZÁLEZ
Trabajar y no robar
En una aldea muy lejana una
familia que era muy pobre la cual tenía un hijo estaba muy enfermo y para poder
pagar los medicamentos tenían que diseñar hermosos trajes para la gente rica y
para los patriarcas, pero cierto día se les acabó la tela que utilizaban para
estos y solo tenían dinero para comprar los medicamentos o las telas, el señor
agobiado por la incertidumbre no sabía qué hacer, si no compraba las medicinas
su hijo podría morir, pero si no compraban las telas no podían terminar los
encargos que tenían, principalmente, el del patriarca, el señor salió corriendo
y con su mente llena de preocupación corrió hacia las afueras de la aldea donde
se encontró con una pequeña choza, algo descuidada y había unas cuantas vacas
pastando y pensó que si se robaba una vaca y la vendía en el pueblo, tal vez le
alcanzaría para comprar las medicinas y más telas, se acercó poco a poco y
cuando casi la agarraba, una mano tocó su hombro, el hombre asustado dio
rápidamente la vuelta y vio que era un señor ya de edad avanzada y le preguntó
qué tratas de hacer, este es mi sustento y me lo tratas de robar, muy apenado
le pidió disculpas al anciano, para su suerte aquel anciano no era cualquier
persona, él era un ganadero reconocido por sus grandes vacas que vendía por todo
la aldea, trabajó para él el primer día con lo cual le fue suficiente para
comprar las medicinas y las telas, una vez que se retiró le dio las gracias por
aquella ayuda que le dio y desde ese día cada vez que tenía problemas de ese
tipo en vez de robar trabajaría con los demás.
Autores:
Castro Solano Braulio Alan
González González Carlos Adrián
Lima Mauricio Ángel Ricardo
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